fascismo en México

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viernes, 18 de septiembre de 2009

EL ASESINATO DE SALI GRACE

Marcella “Sali” Grace Eiler

Marcella Sali GraceSan José del Pacífico

MARCELLA "SALLI" GRACE EILER, una joven con varios años de experiencia tocando el banjo, rescatando comida y útiles de los basureros, atravesando el país subida en los trenes de carga y viviendo en campamentos para defender los bosques de los talamontes, entró a La Taberna de los Duendes alrededor de las 10.30 de la noche, el domingo 14 de septiembre de 2008, dos semanas antes de su cumpleaños 21.

San José del Pacífico es un pueblo de aproximadamente 500 habitantes, un poco más que un caserío con cabañas para rentar a ambos lados de un sinuoso camino montañés que serpentea entre densos bosques de pino. Destino común para el turismo internacional y conocido por los hongos alucinógenos que crecen silvestres en el bosque.

A esas horas del domingo el pueblo está casi dormido.

La Taberna de los Duendes, un solo cuarto grande con techo alto, estaba desierto excepto por los dueños: Heriberto Cruz, David Santini y Francesca Aldegani, quienes miraban una película en la televisión.

“Sali” entró con su mochila a cuestas. Dijo: buenas noches, me llamo Sali, mi amiga Julieta me recomendó que viniera y que tal vez podría dar una función de danza aquí.

Sali comenzó a discutir varias posibilidades sobre la función, pero los dueños del lugar, cansados y distraídos por la televisión, no la siguieron la platica.

-Estaba cansado, viendo la película-dice David Santini-, no quise hablar de chamba, entonces le dije que regresara al día siguiente para platicar bien. Dijo que sí.

Mientras Sali hablaba con los tres dueños de la taberna Omar Yoguez Singu entró al restaurante y se sentó cerca de la ventana del frente.

Sali preguntó por lugares para hospedarse en San José. Dijo que su amiga Julieta le había recomendado “el Rancho de Paco,” la casa de un amigo suyo en las afueras del pueblo.

-Le dije que no debía ir a esa hora -dice Santini-. Pensé, a las 11 de la noche, una chamaca sola con su mochila, nunca llega. Le dije que mejor se quedara en una cabaña de 100 pesos por noche. Ella dijo que estaba de acuerdo. En ese momento entró ese hijo de puta.

Singu, también conocido como El Franky, un hombre de 32 años, de la Ciudad de México, interrumpió, de acuerdo con Santini, Cruz y Aldegani, diciendo que era amigo de Paco y que podía mostrarle a Sali el camino a su rancho.

-Nunca había llegado aquí antes -dice Francesca Aldegani-. Me parece que la vio antes de entrar.

-Él (Singu) llegó, se metió en la plática. Entró y se sentó en la mesa con el ajedrez, pidió una chela, le dimos una, y nos quedamos platicando con la chava, -dice Heriberto Cruz-. Ella preguntó dónde se podía quedar y él se metió ofreciendo llevarla al rancho. Le invitó a una chela y ella aceptó. No vi un saludo como si se conocieran de antes. Te digo que entró y se sentó solo, primero no se saludaban, y luego se metió en la plática.

Yoguez le invitó una cerveza. Sali aceptó y se sentaron a platicar cerca de la ventana. Los dueños volvieron a la televisión. Singu y Sali tomaron una cerveza, platicaron en voz baja y después de un tiempo se levantaron para irse.

-Recuerdo que Sali me miró a los ojos y dijo: Así que, ¿qué debo hacer? ¿Debo irme con él entonces? Nosotros no dijimos nada. No le íbamos a decir que no se fuera con ese tipo justo enfrente de él -dice Santini-. Ella no confiaba en él, pero no sabía qué hacer. Así que se fue. En todos los sentidos de la palabra. Se fue.

“Se liberó”

La rebelión era natural en Sali, alias Sally, Ratty, Sally Rattypants, Rattytat, antes de mudarse a México en 2007 y volverse Sali.

A los siete años quería unirse a las protestas de un grupo ecológico: Gente en Favor del Trato Ético de los Animales, que se cubrían de salsa catsup y se encerraban en jaulas en el centro comercial de Eugene, para protestar contra los compradores de navidad que compraban abrigos de piel.

En Eugene, Oregon, destacó en arte, aprendió a tocar el banjo de oído y se involucró en la defensa de los derechos de los animales y en las campañas de protección a los bosques. Todo esto a los catorce años.

-No tardó en que nuestra familia con sus valores clasemedieros, ella los echó como si fueran una capa-dice Barbara Healy, la madre de Sali-. No fue un gran conflicto para ella; simplemente no le interesaba.

También perdió interés en la escuela durante el segundo año de bachillerato y durante un año asistió a una escuela de cuáqueros. Después buscó otra salida.

-Me preguntó que si podía viajar cuando obtuviera su certificado de bachillerato-dice Healy-. Dije que sí pensando que le tomaría varios años, pero lo obtuvo en tres semanas.

Así que a los dieciséis y medio Sali se fue de casa. Accedió a llamar a su madre una vez por semana, y volvería constantemente a Eugene, Oregon, pero también comenzó a formar una vida dentro de la subcultura anarquista de Estados Unidos, donde las reglas básicas de la sociedad captialista no aplican.

Viajaba de aventón o se subía a los trenes en movimiento sin pagar. Para comer revisaba los contenedores de basura de los centros comerciales, los restaurantes o las casas de zonas residenciales. Llevaba siempre una llave para romper los candados de los contenedores.

Su padre, John Eiler, recuerda la falta de interés en Sali por los asuntos típicos de los adolescentes, como el dinero, los coches, las compras. “Se liberó”, dice.

Historias y recuerdos de Sali posteados en la red después de su muerte nos muestran el retrato de una chica inquieta, energética, y compasiva, con un buen sentido del humor.

Entre los quince y los veinte, Sali viajó, sin pagar, en tren a través de EU y Canadá varias veces. Acompañada y sola. A menudo con su banjo, su mochila y algunas ratas de mascota.

Cocinó para Food Not Bombs (Comida No Bombas), en ciudades por todo Estados Unidos. Conseguía la comida de los contenedores. Vivió en campamentos de defensa forestal, como Straw Devil, cerca de Eugene, a menudo en campamentos de puras mujeres. Tenía amigos y bandas punk regadas desde Portland hasta Tucson pasando por Minneapolis. Estudió danza árabe (danza de vientre) y dio funciones por todo Estados Unidos. Llevaba amigos que había conocido en las calles a casa de sus padres (que por esa época estaban divorciados, su madre seguía en Eugene, Oregon y su padre se mudó a San Luis, Missouri) y los amigos acababan quedándose más tiempo que Sali. Robaba comida orgánica de los supermercados, jugaba futbol anarquista (una variante del soccer, pero sin árbitros y con muchas menos reglas), en parques públicos, cosía su propia ropa de con retazos que hallaba en los contenedores de basura, curtía pieles de mapaches atropellados y llevaba bidones de agua al desierto de Arizona como voluntaria de No More Deaths (No Más Muertes una organización de ayuda a migrantes).

Los padres de Sali hablan de sus pasiones con tisteza y respeto, incluso cuando son tan poco convencionales como buscar comida en los contenedores de basura.

-Se dedicó de corazón a Food Not Bombs -dice Healy-. Cocinaba para ellos una vez a la semana y toda la comida la sacaba de los basureros. La llevaba en ollas enormes atadas a su bicicleta, pasara lo que pasara, con lluvia o sol.

-Cuando venía de visita la llevaba a la tienda orgánica “Whole Foods”-dice Eiler-. Ingenuamente, porque recordaba a otra Sali, que sólo comía comida orgánica. Yo entraba mientras ella se iba directo a los contenedores. Whole Foods destruye las cosas para que no puedas sacarlas de la basura, pero al lado había otra tienda: REI (tienda para campamentistas). Sali encontró cosas en el basurero de REI que aún tenía etiquetas, así que fue a devolverlas y con el dinero consiguió una bolsa de dormir. Para cuando regresé con comida de Whole Foods, ella había sacado la mercancía del contenedor de REI, la había devuelto y había salido con sus compras.

Familiares y amigos están de acuerdo en que una cosa que no iba de acuerdo con las pasiones de Sali era el uso de drogas.

“Sali no usaba drogas. Punto.” me escribió Donny en una entrevista que le mandé por correo electrónico. Donny tocaba en “Cizaña” con Sali. En junio hicieron una gira de tres semanas por México.

“A Sali le precupaba su salud y su equilibrio mental”, escribe Donny. “Por eso la danza árabe era tan importante para ella. Era como meditación que la hacía poner los pies en la tierra y restauraba ese equilibrio. Las drogas no eran parte de eso, para nada.”

Vanessa, una amiga cercana de Sali, me escribió en un correo: “Cualquiera de los que conocimos íntimamente a Sali sabemos que no permitía mierda en su vida. Esta mierda incluye sobar el ego de hombres cobardes o usar drogas recreativas.”

En 2007 Sali se mudó a Oaxaca, México. Un año antes gran parte de la sociedad oaxaqueña se organizó en la Asamblea Popular de los Pueblos Oaxaqueños (APPO) y ocupó la capital del estado en un levantamiento no armado que resistió durante seis meses.

Aunque el movimiento se retiró ante una ola represiva que asesinó a más de 20 personas y culminó en una redada masiva por la militarizada policía federal el 25 de noviembre de 2006, la experiencia del levantamiento organizó a miles de personas que siguieron adelante con medios autónomos, graffitis y proyectos de educación por todo el estado.

Sali llegó al Consejo Indígena Popular de Oaxaca (CIPO), lugar de destino común para la solidaridad internacional.

-Con ella programamos trabajos en las comunidades-dice Miguel Cruz, del CIPO (ninguna relación con Heriberto Cruz)-. Ella subió a tres comunidades. Fue a dar un taller de pintura y dibujo con los niños, con el tema de los bosques, el medio ambiente, y el territorio.

A finales del 2007, Sali cruzó México de aventón hasta Arizona donde se reunió con su banda y volvió al voluntariado con No More Deaths. Volvió al CIPO en febrero de 2008. Ahí pintó un mural en la casa y ayudó con carteles y anuncios para reuniones de la juventud. Viajó con frecuencia a la Ciudad de México a visitar a sus amigos. En la ciudad de Oaxaca dio clases y algunas funciones de danza árabe.

En julio participó en una caravana solidaria a las comunidades indígenas zapatistas de Chiapas. Cuando volvió en agosto, se quedó algunos días con la madre de uno de los testigos del asesinato de Brad Will y luego se mudó con la familia de uno de sus estudiantes de danza.

(Will, un reportero de Indymedia fue asesinado a tiros el 27 de octubre de 2006, mientras filmaba los enfrentamientos entre la APPO y pistoleros paramilitares en Oaxaca. Pese a las fotografías ampliamente difundidas de los pistoleros, el gobierno federal ha ignorado la evidencia e insiste en que los asesinos fueron los miembros de la APPO que intentaron salvar la vida de Will).

En la Ciudad de México, Sali pasó algún tiempo con una comunidad muy unida de artesanos y percusionistas que se reúnía en el auditorio ocupado Ché Guevara, en la UNAM.

Julieta dice que conoció a Sali en una escuela de arte en Oaxaca y luego se vieron de nuevo el 27 de octubre de 2007 en un homenaje en memoria de Brad Will. Se hicieron amigas, intercambiaron clases de salsa por clases de danza árabe y se fueron juntas de aventón de Oaxaca a la Ciudad de México.

Julieta estaba en el Ché cuando vino Sali de visita el verano de 2008. Julieta invitó a Sali a San José del Pacífico a pasar el puente del Día de la Independencia. Le dijo que quizá podría organizar una función de danza en un lugar que acababa de inagurarse en el pueblo, La Taberna de los Duendes.

Sin embargo, mientras Julieta y su grupo de amigos se preparaban para ir a Oaxaca, corrió el rumor de que los porros retomarían el auditorio Ché Guevara. Julieta le mandó un mensaje de texto a Sali, diciendo que no podría ir, pero que fuera ella a La Taberna de los Duendes en San José, que se presentara como su amiga y pidiera la dirección a la casa de otro amigo, Paco.

Sali contestó diciendo que iría sola.

Para entonces, Sali suplía a una maestra de danza en la Casa del Ángel, en la ciudad de Oaxaca, dando clases de danza de vientre, tres noches por semana.

Ella era muy linda -dice Miguel Ángel Rodríguez, quien enseña yoga en la Casa del Ángel desde hace diez años-. Me tocaba la clase justo después de ella. Nos saludábamos. Todos la conocíamos, pero nunca a profundidad.

Sali les comentó a sus amigos del CIPO y de Casa del Ángel sobre su viaje a San José del Pacífico. Ninguno de ellos la volvió a ver.

Un peso moral.

Felipe de Jesús Reyes, un leñador que vive en una pequeña casa de adobe a una hora de caminata de San José, pensó que los perros se morían de hambre. Ladraban y aullaban, noche y día. Iban y venían.

Omar Yoguez Singu se quedaba en un jacal de una pieza, hecho de lámina y tablas de madera, con piso de tierra, a algunos metros de la casa de Reyes. Singu venía seguido a San José desde hacía más de un año y recientemente se quedaba en esta cabaña, propiedad de un hombre llamado Antonio, que estaba en Nueva Zelanda con su pareja por estas fechas, según comentaron vecinos del lugar.

Singu tenía dos perros que lo acompañaban a todos lados y que vagaban como si estuvieran perdidos. Ladraron durante días. El miércoles 24 de septiembre, Reyes decidió llevarles algo de comida.

-Como ya no veíamos a ese cabrón, pensamos que las perras estaban ladrando por hambre y les llevamos tortillas, -dice Reyes, desde la entrada sin puerta al jacal donde se quedaba Singu-. Nomás hasta aquí llegué y vi la sangre y sentí el olor.

Reyes fue inmediatamente a llamar al delegado municipal, Camilo Ramírez Ramos, quien a su vez llamó por radio al cuartel municipal de Miahuatlán con las noticias.

En pocas horas circularon los rumores por San José.

-Cuando escuché que habían encontrado el cuerpo de una mujer en una cabaña en las afueras del pueblo, pensé: la mujer muerta es Sali y el asesino es Franky -dice Santini-.

Sali nunca volvió a la taberna después de esa noche del 14 de septiembre, aunque había quedado de volver al día siguiente. Santini pensó que era extraño.

Casualmente, al día siguiente, Francesca Aldegani recibió un correo electrónico de Julieta preguntando sobre Sali.

El 25 de septiembre, Santini llamó a Julieta, quien había llegado con su compañero a Oaxaca, y le dijo que Sali había sido asesinada.

-Le llamé y le dije: “tienes que encontrar a ese hijo de puta, Franky. Deténganlo.” Julieta dijo que algunas personas lo acababan de ver en la ciudad de México y que tenía una herida en la pierna.

Pero Santini no estaba segura aún de que el cadáver fuera de Sali y Julieta no quería creerlo. Así que esta última fue al trabajo de Sali en la Casa del Ángel, mientras su compañero, -llamémosle Manuel-, comenzó a hacer llamadas a la Ciudad de México a ver si sus amigos podían localizar a Singu.

En la Casa del Ángel otros maestros le dijeron a Julieta que Sali había faltado a todas sus clases de las pasadas dos semanas. Le habían llamado y dejado mensajes pero sin respuesta. Le pidieron a Julieta que le dijera a Sali que llamara tan pronto como pudiera.

El compañero de Julieta habló con un grupo de percusionistas de Oaxaca que encontraron a Singu en la Ciudad de México. Le preguntaron por sus perros. Singu dijo que uno había mordido a un niño en San José y que los del pueblo los habían atacado con machetes. Singu dijo que lo habían herido tratando de defender a sus perros, y que al final se los habían matado.

El compañero de Julieta llamó a Santini de nuevo y le contó la historia. “Sus perros están aquí, están ladrando”, contesto Santini por teléfono. Durante varios días los perros iban y venían de la taberna a la cabaña buscando a su dueño.

Cuando Julieta y su compañero se encontraron tenían dos certezas: Sali estaba desaparecida y Franky mentía. Julieta fue a toda prisa a Miahuatlán -a dos horas de camino- para identificar el cadáver, mientras su compañero comenzó a organizar la captura de Singu.

-Era nuestra amiga, -dice Manuel-. Nosotros la invitamos a San José. Hay un peso moral.

Muy pronto los amigos de Manuel encontraron a Singu y llamaron para preguntar qué debían hacer con él.

Quédense con él, emborráchenlo, -les dijo Manuel-, invítenle a chelas. Llévenlo a un concierto, sólo quédense con él mientras investigamos.

Manuel quería saber de Julieta en Miahuatlán y también quería la ayuda de otros amigos de Oaxaca. Envió mensajes de texto a la gente del CIPO y algunas otras organizaciones y les pidió que se reunieran con él de emergencia.

En las oficinas del CIPO esperó que Julieta volviera.

-Fue horrible verla -dice Julieta-. Pregunté, ¿qué le hizo? Su cuerpo estaba en estado de descomposición, pero su cara estaba irreconocible.

Sólo pudo identificar a Sali por sus tatuajes.

La autopsia dice que Sali recibió cuatro heridas serias producidas por objeto contuso cortante (machete), una herida cortante debajo de su antebrazo derecho, una herida en su costado, una herida de seis centímetros debajo del pecho izquierdo, que entró hasta la cavidad torácica provocando su muerte, y una herida punzante, como puñalada, en su espalda. La profundidad de estas heridas prueban la violencia abrumadora con que fue atacada.

La autopsia menciona también golpes en su garganta, que no se encuentran los ojos ni el cabello y que su cara estaba negra (en las fotografías publicadas en los periódicos de Oaxaca la cara de Sali parece estar quemada, o como si le hubieran quitado la piel). La autopsia no explica o siquiera menciona porqué la cara estaba enegrecida o porqué faltaban su cabello y sus ojos.

Con todo y las descripciones incompletas, la saña devastadora que se ejerció contra Sali es increíble.

Julieta y Manuel se reunieron esa noche en el CIPO, en Oaxaca. Escribieron todo lo que sabían para ordenar sus pensamientos. Decidieron enviar una comisión de cuatro amigos a la Ciudad de México, que fueran a la embajada de los Estados Unidos y a la policía de la Ciudad de México para decirles lo que sabían de Singu. La comisión salió alrededor de las 3 de la mañana.

Al día siguiente, el 26 de septiembre, el CIPO envió un comunicado de prensa denunciando el asesinato de Sali. El comunicado exageraba la participación política de Sali, retratándola como una “acompañante internacional de hermanos y hermanas que se sentían acosados por el mal gobierno de Ulises Ruiz”.

Miguel Cruz, del CIPO, aclaró más tarde que las actividades de acompañamiento de Sali se habían limitado a pasar algunos días con la madre de uno de los testigos del asesinato de Brad Will. Su actividad política con el CIPO consistía en pintura, jardinería y talleres de danza y ecología. Aún así, el comunicado de prensa que le dio la vuelta al mundo concluía: “esto nos hace pensar que el cobarde asesinato está relacionado con la represión contra los movimientos sociales, dirigida particularmente a los observadores internacionales”.

Julieta y Manuel estaban furiosos por la politización del crimen que habían hecho el CIPO y otras organizaciones, cuando estaban seguros de que era un crimen sexual.

En la mañana del 26 de septiembre, Julieta viajó de regreso a Miahuatlán. La policía le pidió que los acompañara a San José para identificar las posesiones de Sali. Después le pidieron que viajara con ellos a la Ciudad de México para identificar a Omar Yoguez Singu.

Varios testigos que se mantienen anónimos y observaron la detención e interrogatorio de Singu, aunque no tomaron parte, dicen que el grupo de jóvenes que localizaron y emborracharon a Singu decidieron confrontarlo directamente cuando supieron que la policía venía a detenerlo.

Le pidieron que confesara. De acuerdo con los testigos, Singu primero lo negó. Dijo que otro hombre había intentado violar a Sali y que cuando él se negó a ayudarlo, lo atacó con un machete, hiriéndolo en la pierna, y apenas había logrado huir.

Pero no le creyeron, lo confrontaron con la primera versión de su historia, donde los pobladores de San José mataban a sus perros y le exigieron que confesara.

-Sí, yo fui, yo fui, -dijo eventualmente, de acuerdo con los testigos-. Sé que no debía hacerlo, lo sé, no sé que me pasó, estaba muy drogado.

Y entonces comenzaron a golpearlo.

-Lo golpearon porque ella era una amiga, -dice Manuel, quien aún estaba en Oaxaca el 26 de septiembre-. No pudieron soportar la impotencia de estar con él todo el día sabiendo que había asesinado a una amiga.

Una persona que participó en la detención de Singu y en la golpiza, me dijo que habían decidido golpearlo y luego entregarlo a la policía. Acordaron no pegarle en la cara o la cabeza. Sin embargo, algunas veces la gente perdió el control. Alguien le dio toques eléctricos y luego lo golpeó en la cabeza. Otros rápidamente lo sacaron de la habitación donde colapsó, llorando.

El testigo que participó me dijo que cuando vio las fotos del cuerpo de Sali al día siguiente, pensó que la golpiza había sido demasiado leve.

Mientras tanto, la comisión de amigos de Manuel que llegó esa mañana, notificó a la policía de la Ciudad de México de la captura de Singu. Con la policía de México y de Oaxaca en camino, los captores de Singu lo envolvieron en una cobija y lo llevaron a la calle, diciendo a los alarmados testigos que estaba muy borracho. Lo tiraron afuera de un supermercado y esperaron que la policía lo recogiera.

“Le tiré el favor”

Fui a entrevistar a Omar Yoguez Singu a la prisión estatal de Oaxaca, en Miahuatlán. Singu no mostró ningún remordimiento y sólo intentó evadir su responsabilidad en el asesinato. Se contradijo en repetidas ocasiones.

-No puedo darte información, porque todo puede usarse contra mí, -me dijo-. No recuerdo nada. No recuerdo. Y no quiero que escribas cosas que no son ciertas.

-¿Reconoces que te vieron con Sali, en San José?-pregunté-.

-Reconozco que estaba drogado, y que conocí a la persona en cuestión, nada más-responde.

-Pero, ¿no confesaste?

-¡Me torturaron! Me dieron choques eléctricos -dice-. Dije que yo lo había hecho por los golpes y la electricidad.

-¿No estuviste en la cabaña con Sali?

-Lo único que sé es que cuando desperté estaba ahí el cadáver y me asusté. En mi vida de artesano nunca había hecho algo así. No se qué me pasó. Los hongos…

Singu se da cuenta de que se acaba de contradecir y se calla. Le pregunto cómo conoció a Sali.

-Nos tomamos una chela -dice-, y ella sacó drogas, pastillas, éxtasis, no se cuanta madre más. Yo no la conocía. Le tiré el favor dejándola quedarse en mi casa.

No investigation

La historia de Singu ha cambiado varias veces desde sus primeras confesiones, tanto antes de ser capturado, como antes de ser aprehendido por la policía. Su defensa aún se centra en su estado de conciencia. Al principio le dijo a la policía que Sali y él habían consumido cocaína, mariguana, hongos, hashish, cerveza y mezcal. En la entrevista anterior, dice que él tomó hongos primero y luego Sali le ofreció “pastillas, éxtasis y no se cuanta madre más”.

De cualquier modo, Singu dice que no recuerda nada de tan drogado que se encontraba.

Nadie parece estar investigando otras posibilidades.

Un testigo en San José, que pidió mantenerse anónimo, me dijo que habían echado a Singu de un hostal la noche del asesinato por amenazar a una mujer. Mientras se iba dijo: “¿Quieres que te folle?” Ningún oficial de la policía ha ido a San José a entrevistar a este o a algún otro testigo potencial.

Un examen de sangre durante la autopsia podría confirmar si Sali había consumido algo de la lista de drogas -siempre cambiante- que dice Singu. El examen no se realizó durante la autopsia. La Procuraduría General de Justicia del Estado de Oaxaca, quizá la oficina de gobierno más desacreditada en todo el país, mostró después de los hechos un examen que supuestamente confirma que Sali consumió drogas. La lista no es específica.

En la cabaña donde se encontró el cadáver, los investigadores tiraron sus guantes blancos de latex en la entrada. A fines de noviembre del 2008 seguían ahí la ropa, papeles y algunas “joyas” de Sali, que en algún momento fueron apilados en un altar por dos turistas que escribieron una nota en inglés: “Te haremos justicia para tí, Sally (sic). Duerme bien, guapa”.

No se realizó ninguna investigación de la escena del crimen.

El reporte policíaco original omite que el sospechoso fue de hecho investigado, detenido, golpeado, torturado y entregado a la policía por ciudadanos comunes.

Los reportes de la prensa comercial mexicana están llenos de especulaciones sobre los hábitos sexuales y el comsumo de drogas de Sali; le atribuyen por lo menos algún grado de culpabilidad en su propio asesinato, aunque ni un sólo periodista había viajado a San José a hacer entrevistas antes de mi viaje en noviembre.

El 28 de septiembre, el periódico oaxaqueño “El Imparcial”, publicó: “Era la madrugada del 15 de septiembre cuando la pareja comenzó a fumar marihuana; sin embargo Marcella ya había inhalado cocaína y había bebido cerveza; asimismo Omar ya había ingerido mezcal y cerveza; comido hongos alucinógenos, hachís e inhalado cocaína. (sic)”

“Debido a su estado, la pareja tuvo relaciones sexuales”, dice El Imparcial, “pero cuando terminaron, la joven empezó a discutir con Omar. Después de muchas palabras obscenas, ambos pelearon entre sí. Supuestamente Marcella lo atacó con un cuchillo. Por ello Omar tomó un machete y se le fue encima.”

El Imparcial no cita sus fuentes de información. Y todos los testigos que entrevisté en San José del Pacífico aseguran que ningún reportero de El Imparcial, o de algún otro medio, había venido hasta antes de mi visita.

La policía estatal de Miahuatlán me repitió la historia de Singu, básicamente el mismo escenario descrito por El Imparcial, que al parecer aceptaron sin más.

Aunque el trabajo policíaco fue hecho por un improvisado grupo de artesanos y percusionistas, el manejo del caso que hizo el gobierno de Oaxaca muestra que creen la versión del tipo que -según testigos- prometió conducir a Sali a un lugar a donde nunca llegó; el mismo que “momentos antes del crimen” fue expulsado de un hostal por amenazar a una mujer de violación; creen en ese hombre que admitió despertar junto al cadáver, mientras que asumió que la mujer que fue brutalmente asesinada, tuvo relaciones sexuales consensuadas con el tipo y que consumió con él un absurdo popurrí de drogas ilegales y alcohol.

Las organizaciones políticas que enviaron peticiones y llamaron a bloqueos callejeros cuando pensaron que el crimen había sido ordenado por Ulises Ruiz, guardaron un extraño silencio cuando surgieron las noticias de un crimen sexual, como si la violencia sexual contra las mujeres no fuera también un crimen político en un país que introdujo la palabra “feminicidio” al léxico común, con los cientos de crímenes sin resolver en Ciudad Juárez y otras partes del país.

“Sólo porque él (Singu) sobrevivió, no significa que sea una fuente confiable de información sobre lo que ocurrió la noche que Sali fue violada y asesinada” escribe Vanessa, amiga cercana de Sali. “Recordemos que fue Sali la que sufrió. Que debe ser su vida, y lo que vivió, lo que debe hablar por ella tras su muerte.”

La tragedia

Después de años de ser salvaje, Sali estaba sentando cabeza en México, dicen sus padres.

-En México cuajaba todo para ella. Algo sobre la gente, las mujeres, la comida, los colores, -dice Healy-. México le hablaba.

-Puedes verlo en las fotos, donde se ve salvaje, y luego las fotos en Oaxaca, un mes antes de su muerte. Se ve angelical, -dice John Eiler, el padre de Sali-. Se estaba transformando en algo y nos privaron de eso. Esa es la tragedia-.

Reportaje del periodista John Gibler

Traducción: Rodrigo Solís

1 comentario:

Libertari@s dijo...

nunca te olvidaremos, estas presente por siempre, linda Salli, aunque se que te gustaba mas que te dijeramos Marcela...por ti, TODO!!!